viernes, 8 de marzo de 2013

4.000 satélites orbitan en la tierra

Los satélites artificiales son muy útiles para la humanidad. Algunos sirven para fines puramente científicos, otros para hacer observaciones meteorológicas, pero la mayoría sirve para fines militares y de espionaje.

Estos artefactos, de los cuales hay más de 4 mil alrededor de la tierra, son muy útiles para el hombre moderno, son los protagonistas principales de las comunicaciones en el mundo y, gracias a ellos, recibimos señales de televisión, de radio y teléfono, o tenemos información valiosa del clima, de nuestro medio ambiente y del espacio.

Los satélites artificiales nacieron durante la guerra fría, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que pretendían ambos llegar a la luna y a su vez lanzar un satélite a la órbita espacial. En mayo de 1946, el Proyecto RAND presentó el informe Preliminary Design of an Experimental World-Circling Spaceship (Diseño preliminar de una nave espacial experimental en órbita), en el cual se decía que «Un vehículo satélite con instrumentación apropiada puede ser una de las herramientas científicas más poderosas del siglo XX. La realización de una nave satélite produciría una repercusión comparable con la explosión de la bomba atómica...».

La era espacial se inició en 1946, cuando los científicos comenzaron a utilizar los cohetes capturados V-2 alemanes para realizar mediciones de la atmósfera. Antes de ese momento, los científicos utilizaban globos que llegaban a los 30 km de altitud y ondas de radio para estudiar la ionosfera.

El Proyecto RAND de la Fuerza Aérea presentó su informe pero no se creía que el satélite fuese una potencial arma militar, sino más bien una herramienta científica y política. En 1954, el Secretario de Defensa afirmó: "No conozco ningún programa estadounidense de satélites".

Tras la presión de la Sociedad Americana del Cohete (ARS), la Fundación Nacional de la Ciencia (NSF) y el Año Geofísico Internacional, el interés militar aumentó y a comienzos de 1955 la Fuerza Aérea y la Armada estaban trabajando en el Proyecto Orbiter, que evolucionaría para utilizar un cohete Jupiter-C en el lanzamiento de un satélite denominado Explorer 1 el 31 de enero de 1958.

El 29 de julio de 1955, la Casa Blanca anunció que los Estados Unidos intentarían lanzar satélites a partir de la primavera de 1958. Esto se convirtió en el Proyecto Vanguard. El 31 de julio, los soviéticos anunciaron que tenían intención de lanzar un satélite en el otoño de 1957.

¿Cómo funcionan los satélites artificiales?

Un satélite situado en la órbita geoestacionaria (a una altitud de 36 mil km) tarda aproximadamente 24 horas en dar la vuelta al planeta, lo mismo que tarda éste en dar una vuelta sobre su eje, de ahí que el satélite permanezca más o menos sobre la misma parte del mundo.

Como queda a su vista un tercio de la Tierra, pueden comunicarse con él las estaciones terrenas -receptoras y transmisoras de microondas- que se encuentran en ese tercio.

Una estación terrena que está bajo la cobertura de un satélite le envía una señal de microondas, denominada enlace ascendente.

Cuando la recibe, el transpondedor del satélite simplemente la retransmite a una frecuencia más baja para que la capture otra estación, esto es un enlace descendente.

jueves, 7 de marzo de 2013

El misterio del cráter Iturralde está sin resolver

El pueblo Araona quería un millón de dólares, antes de permitir a los científicos de la NASA que pasen por su territorio en la Amazonia boliviana. Con un presupuesto de veinte mil dólares para toda la exposición, los científicos tuvieron que negociar, y los indígenas, eventualmente, aceptaron el pago de quinientos dólares.

Este es un extracto de un reportaje publicado por la revista ASÍ de OPINIÓN en septiembre de 2002. Científicos aseguraron que en el norte de La Paz cayó un meteorito, que formó el cráter denominado Iturralde.

Las negociaciones de los científicos de la NASA con los pobladores se prolongaron por una semana y en el momento que alcanzaron el cráter Iturralde, en octubre de 1998, comenzó la época de lluvias y las inundaciones les imposibilitaron completar su investigación, según el artículo publicado por esta revista.

Cuatro años después, Compton Tucker, un científico del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, y sus colegas retornaron al lugar para terminar su trabajo.
UNA CAUSA

DESCONOCIDA

Los científicos no estaban seguros cómo o cuándo se había formado el cráter Iturralde.

La especulación general y la evidencia circunstancial señalaban a la comisión de un meteorito -asteroide o cometa- entre cinco mil a treinta mil años atrás. Esto lo certificaría como uno de los cráteres impactados conocidos más jóvenes, a pesar de que muchos científicos argumentaban que es más antiguo.

Si el cráter es joven podría relacionarse con eventos climatológicos en la historia terrestre o a un evento de extinción conocido. Puede incluso estar inserto en el folklore de algunas tribus nativas sudamericanas.

"O es simplemente un extraño hueco redondo perfecto sobre la faz de la tierra y tienes que empezar a pensar en extraterrestres o en algo", bromeaba en esa oportunidad Tim Killeen, un biólogo conservacionista que dirigía la expedición.

Killeen era un investigador miembro de Conservación Internacional. Primero conoció a Tucker ", cuando estos muchachos de la NASA vinieron y me molestaron para que les ayude a interpretar su imagen satelital", dijo en esa época.

A pesar del conocimiento de que Killeen tenía sobre Bolivia, el equipo de la expedición necesitaba la asistencia de los Araona para llegar al cráter Iturralde, no sólo para pasar por su tierra sino también para servirles como guía. Los nativos también ayudarían a abrir el sendero de 15 kilómetros hacia el cráter, el cual implicaba un viaje primero en avión, un bote a motor, una canoa rústica y un helicóptero.

A diferencia del cráter de meteorito que se encuentra en Arizona, la elevación en el Iturralde cambia a no más de la altura de un niño pequeño. Es difícil observarlo en un área que abarca 10 kilómetros. Un patrón circular casi perfecto, debido a las diferencias en la vegetación, resalta en las imágenes del satélite Lansat, tomadas desde el espacio.
LIMPIANDO

LAS EVIDENCIAS

Las características sutiles del Iturralde pueden ser debidas a su ubicación. El proceso de erosión es rápido en el medio ambiente de bosques lluviosos y húmedos.

Si el cráter es todavía visible, algunos científicos dicen que no puede ser más antiguo de 30 mil años; de otra forma, se habría completamente erosionado.

Los desafíos para identificar el cráter son muchos. El suelo en los bosques lluviosos es muy profundo, existen alrededor de tres kilómetros de suelo que cubre el lecho de roca que está bajo el subsuelo boliviano. Un impacto habría catapultado ese material hacia la atmósfera, pero una parte de éste se habría hundido de nuevo hacia la salida del agujero de forma temporal con el tiempo.

"Fue más como si fuera una gran salpicada", afirmó Tucker, en referencia a los otros impactos que gastaron la mayor parte de su energía, haciendo estallar el lecho de piedra.

Todo esto hizo que el trabajo de los investigadores sea más difícil.

Los científicos tomaron muestras del suelo para analizar niveles superiores de elementos que se encuentran en más abundancia en los meteoritos que en la Tierra. Uno de éstos, el iridio puede ayudar a distinguir si una roca espacial fue un cometa o un asteroide.

Gemelos de la Tierra podrían encontrarse a sólo 13 años luz

Un equipo de astrónomos del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian cree que podría haber exoplanetas habitables muy cerca de la Tierra. La idea se basa en el análisis de los datos de la misión Kepler y revela que el “gemelo” más próximo a nosotros podría estar sólo a 13 años luz de distancia.

Estudiando los datos estadísticos del Kepler, el mayor “cazador de planetas” del que dispone actualmente la NASA, los investigadores han descubierto que hasta el 6% de las estrellas conocidas como “enanas rojas” tienen en órbita planetas del tamaño de la Tierra. Y que además esos planetas se encuentran en sus “zonas de habitabilidad”, es decir, en la franja orbital que permite la existencia de agua en estado líquido.

“Pensábamos que había que buscar a enormes distancias para encontrar un mundo como la Tierra -asegura Courtney Dressing, autora principal del estudio-. Pero ahora nos hemos dado cuenta de que esas otras tierras podrían estar en nuestro propio patio trasero, esperando a ser descubiertas”.

A pesar de su oscuridad, las enanas rojas son excelentes candidatos a tener planetas parecidos al nuestro. Su número es enorme: tres de cada cuatro estrellas de nuestra galaxia, en efecto, son estrellas de este tipo. En total, unos 75.000 millones.

Dressing y sus colegas han “peinado” la totalidad del catálogo de estrellas objetivos del Kepler (unas 158 mil) para identificar cuántas de ellas son enanas rojas. El paso siguiente fue calcular con la mayor precisión sus tamaños y temperaturas, para hallar que, en realidad, son más pequeñas y frías de lo que se pensaba hasta ahora.

Tres buenos candidatos

De esta forma, Dressing identificó hasta 95 candidatos a planetas, lo cual significa que por lo menos el 60% de estas estrellas cuenta con planetas menores que Neptuno. Y aunque la mayoría no tiene las condiciones de tamaño y temperatura necesarias para ser considerados como gemelos de la Tierra, tres de ellos llamaron poderosamente su atención.

Se trata de KOI 1422.02 (KOI, Kepler Object of Interest), que tiene el 90% del tamaño de la Tierra y una órbita de 20 días de duración; de KOI 2626.01, una vez y media mayor que la Tierra y una órbita de 38 días: y de KOI 854.01, que es 1,7 veces mayor que la Tierra y orbita una vez cada 56 días. Los tres están bastante lejos (entre 300 y 600 años luz de distancia) pero son un buen ejemplo del tipo de estrellas en las que hay que buscar.

Nuestro Sol, de hecho, está literalmente rodeado de un enjambre de enanas rojas, que constituyen el 75% de todas las estrellas de nuestro alrededor. Y si el 6% de ellas puede albergar planetas habitables, la “nueva Tierra” más cercana podría estar apenas a 13 años luz, que es la distancia a la que se encuentra la enana roja más cercana (José Manuel Nieves).

Meteoritos del tamaño de un coche llegan pero la presión los destruye

Los meteoritos son una amenaza para el planeta Tierra. A pesar de ello, ninguno ha causado una catástrofe en los últimos siglos. Expertos aseguran que la mayoría de los meteoritos se desintegran al incorporarse en la atmósfera de la Tierra; no obstante, se estima que 100 meteoritos de diverso tamaño (desde pequeños guijarros hasta grandes rocas del tamaño de una pelota de baloncesto) entran en la superficie terrestre cada año. Normalmente sólo 5 o 6 de éstos son recuperados por científicos.

Pocos meteoritos son bastante grandes para crear cráteres que evidencien un impacto. Llegan a la superficie a su velocidad terminal (caída libre), y la mayoría tan sólo crea un hoyo pequeño. Sin embargo, algunos de los meteoritos que caen causan daño a inmuebles, ganado, e incluso a gente.

Grandes objetos pedregosos (de centenares de metros en diámetro o más y que pesan decenas de millones de toneladas) pueden alcanzar la superficie y causar grandes cráteres. Sin embargo, éstos son muy raros.

Se calcula que meteoritos del tamaño de un coche penetran la atmósfera una vez al año, pero la presión atmosférica los destruye. Cada dos mil años aproximadamente, un objeto del tamaño de un campo de fútbol impacta la Tierra y puede causar un daño muy importante.

Además, cada día la Tierra es bombardeada por unas 100 toneladas de polvo y partículas pequeñas, explicó el experto de la NASA Don Yeomans.

“Es la basura de los asteroides y cometas que puede verse en forma de estrellas fugaces. Cada día, llega un objeto del tamaño de un balón que se quema en la atmósfera, y varias veces al año choca con la atmósfera del planeta un objeto del tamaño de un automóvil, que da lugar a espectaculares bólidos y a veces a meteoritos”, dijo.

NO ES UN ATAQUE

“No, no nos están atacando los asteroides. Podemos estar tranquilos, ningún fenómeno conocido está provocando un flujo de objetos mayor de lo habitual”, aseguró Adriano Campo, profesor de Física de la Universidad de Alicante (España).

Lo del 22 de febrero, que un asteroide de 17 metros de diámetro entrara por sorpresa en la atmósfera terrestre (sobre Rusia) el mismo día en que un asteroide de 50 metros, pasaba muy cerca de la Tierra, eso es casualidad, “cosas de la estadística”, añadió el experto.

Un meteorito como el de Rusia puede chocar con el planeta una vez cada cien años y de momento, no hay forma de precisar cuándo tocará el siguiente.

La casualidad —y, sobre todo, los centenares de heridos y daños materiales que ha dejado tras de sí el fenómeno de los Urales— ha elevado para muchos a la categoría de amenaza, lo que hasta ahora era una curiosidad celeste o un buen argumento de relato de ficción.
¿RIESGO?

O fue un meteorito muy grande o un asteroide pequeño, pero, definiciones aparte, el cuerpo que explotó el 22 de febrero por la mañana en el cielo, sobre Rusia, emitió una energía de 500 kilotones, mucho más de lo inicialmente estimado. Además, era más grande de lo que se creía, alcanzando los 17 metros de diámetro, con una masa de 10.000 toneladas.

“Entró en la atmósfera a una velocidad de 18 kilómetros por segundo y en 32 segundos se desintegró”, según explicó Bill Cooke, jefe de la oficina de meteoritos del Marshall Space Flight Center de la NASA.

La pregunta inevitable es por qué no se vio llegar la roca de 17 metros. “Vino por la cara diurna de la Tierra”, argumentó Cooke, lo que significa que los telescopios no operan. Los asteroides pequeños son muy oscuros hasta que están cerca y es virtualmente imposible verlos en óptico”, añadió.

En cuanto a los radares que vigilan el cielo, estaba demasiado lejos para haber podido dar una alerta, dijo. Podría ser visto, eso sí, con detectores especiales de infrarrojos en el espacio, pero por ahora no existen, añadió.
NO HAY AMENAZA

Dos días antes de que impactara el meteorito en Rusia, el responsable de la NASA para la detección de asteroides había asegurado en Viena que no existe ningún cuerpo celeste que suponga una potencial amenaza letal para la humanidad a cientos de años vista.

"No hay ningún objeto, de más tamaño de un kilómetro que pueda impactar en la Tierra en los próximos cientos de años", aseguraba en una rueda de prensa Lindsey Johnson, director del proyecto sobre objetos cercanos a la tierra de la NASA.

El experto había asegurado que una colisión con un asteroide de, al menos un kilómetro de diámetro, se produce una vez cada millón de años, pero que, de producirse, tendría consecuencias absolutamente catastróficas para la humanidad.

"Si un objeto de un kilómetro impactase la Tierra, tendría consecuencias globales", como levantar una capa de polvo que bloquearía la llegada de la luz solar "por días o meses".

Los meteoritos son menos peligrosos que los asteroides, que son cuerpos rocosos, carbonáceos o metálicos más pequeños que un planeta y mayores que un meteoroide.

UN PEQUEñO ASTEROIDE ROCOSO HIZO EXPLOSIóN EN LA REGIóN SIBERIANA DE TUNGUSKA (RUSIA). DERRIBó áRBOLES, PROVOCó INCENDIOS Y ANIQUILó LA FAUNA Y LA FLORA

El 30 de junio de 1908, en una región remota de Siberia, una gigantesca explosión lanzó por los aires todo un bosque de más de veinte kilómetros de diámetro y, según informes de la época, llegó a matar a media docena de campesinos que se encontraban a sesenta kilómetros de distancia.

Este asteroide rocoso o trozo de un cometa hizo explosión ocho kilómetros por encima de la región siberiana de Tunguska (Rusia). Derribó árboles, provocó incendios y aniquiló la fauna y la flora de un área de más de 2.500 kilómetros cuadrados

Durante más de cien años, científicos de todo el mundo han viajado al lugar de la explosión buscando explicaciones a un hecho que, sin precedentes históricos y sin posibilidad de comparación, dentro de los fenómenos naturales o en el campo de la física nuclear, continúa siendo todavía un misterio.

Un científico checoslovaco, sin embargo, anunció en febrero de 1979 una coherente explicación del origen de esta explosión. Según L. Kreasak, de la Academia eslovaca de Ciencias, en Bratislava, la explosión fue consecuencia de la separación de un «peñasco» de gigantescas proporciones del cometa Encke, que explosionó al contacto con la atmósfera cercana al lugar.

Esta tesis recibió en su momento algunas críticas de aquéllos que defendían explicaciones tan dispares como que el acontecimiento fue una explosión nuclear natural y otras como que fue el fracaso imprevisto de una invasión de la Tierra por naves extraterrestres.

Una explicación lógica ha sido imposible hasta la fecha por las dificultades que han existido para llegar hasta el lugar de la explosión. De hecho, los primeros científicos que consiguieron inspeccionar el lugar fueron miembros de la Academia Soviética de Ciencias, que lo hicieron diecinueve años después de la explosión y con el primer objetivo de desmentir los rumores sobre la existencia misma del acontecimiento, que ocupó páginas de diarios y revistas especializadas durante las tres primeras décadas del siglo pasado.

El informe de esta primera investigación fue confuso y apenas pudo adelantar una explicación aceptable al acontecimiento. Aportó, sin embargo, las primeras pruebas sobre la explosión y el hecho de que, veinte años después y pese a sus efectos devastadores, en el lugar había crecido un bosque tan frondoso que ni siquiera varios siglos de naturaleza salvaje en las cercanías habían sido capaces de simular.

En 1975, el profesor Ari Ben-Menahem, del Instituto Weizman de Israel, corroboró la tesis de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética que, ya en 1967, había concluido que el origen de la explosión fue termonuclear y de efectos muy similares a los producidos por la bomba de hidrógeno. El problema de esta tesis, sin embargo, era que en 1908 no existía ninguna ciencia nuclear conocida en el mundo y aceptar este origen, implicaba que la explosión fue de origen natural o había sido provocada por extraterrestres.
OTRAS ROCAS QUE

LLEGARON A LA TIERRA

El 24 de diciembre de 1858, un gran "globo de fuego" se estrelló en un campo próximo a la población de Molina de Segura (Murcia/España). El impacto causó un gran cráter de medio metro de profundidad.

Dos meses después, el 10 de febrero de 1896, cayó en la ciudad de Madrid un meteorito que dejó varios heridos, no por el impacto sino por culpa de la histeria colectiva que se apoderó de la ciudad.

En la región de Manchuria (China), el 8 de marzo de 1976 cayeron varios fragmentos. Entre ellos, se recogió una roca de dos toneladas.

El 20 de junio de 1994 un meteorito de más de un kilo de peso impactó en un automóvil, marca BMW, que circulaba por la carretera de Andalucía (España), dentro del término municipal de Getafe.

En enero de 2004, el estallido de un meteorito sembró de bolas de fuego el cielo de la Península. Fueron vistas desde Santiago de Compostela a Castellón.

El 10 de mayo de 2007, una luminosa bola de fuego, seguida de un estruendo, surcó el cielo de La Mancha. El trozo de asteroide, de menos de medio metro de diámetro, que se rompió al entrar en la atmósfera, esparció sus fragmentos cerca de Puerto Lápice.

El 15 de septiembre de 2007, la caída de un meteorito en el sur de Perú causó un cráter de 30 metros de diámetro y 20 de profundidad en el suelo. Cerca de 700 pobladores de la localidad de Carancas sufrieron malestares tales como jaquecas, mareos y vómitos, presumiblemente a causa de gases emanados por el meteorito.

Un meteorito de casi 60 toneladas y el tamaño de un coche estalló sobre el desierto de Sudán en octubre de 2008. Fue el primero que se avistó con horas de anticipación a su entrada en la atmósfera.

La humanidad se prepara con rayos láser, naves y explosivos

Después de la caída de un meteorito sobre las montañas Urales de Rusia, el pasado viernes 22 de febrero, residentes de Chelyabinsk salieron a las llanuras repletas de nieve, donde encuentran aun estos días, pequeños fragmentos del impacto que dejó más de mil heridos.

"Ésto sólo pasa una vez cada cientos de años", asegura el científico Alan Harris, coordinador del proyecto NEOShield para prevenir "ataques" de objetos cercanos a la Tierra.

El viceprimer ministro Dimitri Rogozin, a cargo del ministerio de Defensa, ya intentó calmar los ánimos desde su cuenta de Twitter: "Crearemos un sistema para detectar y neutralizar objetos externos a la Tierra que puedan amenazarla," escribió.

"Nosotros buscamos asteroides", cuenta Alan Harris a BBC Mundo. "Podemos detectarlos con años de antelación. Por ejemplo, sabemos que el próximo que rozará la Tierra será en 2029. Ya sabemos cuánto mide y cómo de rápido pasará. Y hasta tiene nombre: se llama Apophis". Pero los meteoritos, asegura, son más difíciles de detectar. Son mucho más pequeños y van a una velocidad más rápida.
OBJETIVO: SALVAR

LA TIERRA

El proyecto internacional NEOShield pretende evaluar la amenaza de objetos cercanos a la Tierra (NEO, en sus siglas en inglés) y encontrar las mejores soluciones posibles para hacer frente a un gran asteroide o cometa en cuya trayectoria de colisión se encuentre nuestro planeta.

La pasada semana, científicos de la Unión Europea, Estados Unidos y Rusia se reunieron en una conferencia en Viena, Austria, para abordar el tema de los meteoritos que cayeron en Rusia y la trayectoria del último asteroide "2012 DA14" que rozó la Tierra (el mismo día).

Es una gran iniciativa financiada con fondos comunitarios que comenzó en enero de 2012 y que tiene una duración de tres años y medio. El esfuerzo está liderado por la agencia espacial alemana (DLR) y el Instituto de Investigación Planetaria en Berlín. El profesor Alan Harris, del Instituto alemán coordina el proyecto.

"Esto es serio", dice con tranquilidad el profesor Harris y continúa, "si no desviamos los asteroides que vienen hacia la Tierra podrían crear un cráter con el impacto y destruir una ciudad entera. Y lo que es peor, podrían destruir un país pequeño, del tamaño de Holanda. Moriría mucha gente".

Como alternativa, se creó una red de alerta, mediante la cual científicos de diferentes países puedan intercambiar información si se detecta un cuerpo que se dirige a gran velocidad hacia la Tierra.

LAS TÉCNICAS

MÁS EXTRAÑAS

Cuando se detecta un cuerpo en el espacio en mitad de cuya trayectoria se encuentra la Tierra hay que valorar, en primer lugar, el tamaño. La mayoría se desintegra en la atmósfera, antes de chocar contra la Tierra.

Para aquellas rocas que pesan más de unos cuantos cientos de toneladas, sin embargo, la fricción atmosférica tiene poco efecto en sus velocidades. En estos casos, hay que desviar su curso.

"Nosotros estudiamos enviar aeronaves para impactar los meteoritos o aeronaves que transportan en su interior tractores gravitacionales", explica el profesor Harris.

Ambas cambiarían el rumbo del asteroide. La segunda técnica es más sencilla porque no hay que tener información sobre el cuerpo para llevarla a cabo. La nave sencillamente se posa sobre la roca y ligeramente va cambiando su velocidad o alterando su dirección mediante la atracción gravitacional entre ambas.

Otras de las técnicas que estudian utilizar, de las más extravagantes, es mover los cuerpos espaciales con rayos láser. ¿Cómo funciona esto?

Se puede utilizar el láser para destruir o evaporar el material de la superficie de la roca. El gas que desprende, se comportaría como propulsor y movería el cuerpo. Además, la propia luz puede ejercer una pequeña fuerza, por lo que unos láseres lo suficientemente grandes y potentes bastarían para mover pequeños asteroides.

Otra forma es concentrar la energía solar en un asteroide a través de espejos o lentes. Una simple aeronave podría hacer el trabajo y es una idea que ya debatieron científicos en muchas publicaciones.

La explosión de cuerpos espaciales con material nuclear se considera, sin embargo, la forma más efectiva y segura pero también la más controvertida de todas, para desviar los asteroides más grandes y de mayor peso que supongan una clara amenaza a nuestro planeta.

La detonación empujaría al cuerpo lejos de la Tierra aunque, según detalla la página web de NEOShield, "esto es muy diferente a como se muestra en las películas de Hollywood".

¿Están los científicos bromeando? "¡En absoluto! ¡Todo es real!", dice enérgicamente Alan Harris. "Tenemos razones para preocuparnos".

El próximo gran asteroide rozará la Tierra en 2029. Éste, sin embargo, es 6 veces mayor que el "2012 DA14" que nos visitó el 22 de febrero. Pasará a apenas 30 mil kilómetros de la Tierra, a una distancia similar del último. Los científicos, dice Harris, "lo tenemos controlado".

Bolivia vigila el espacio para alertar sobre la presencia de asteroides

El Observatorio Astronómico Nacional de Tarija, instalado en el sur del país, vigila desde hace siete años el espacio exterior, con la finalidad de conocer la posición y trayectoria de cuerpos cercanos a la Tierra (asteroides, meteoritos cometas y basura espacial), afirma su director Rodolfo Zalles.

Este observatorio forma parte de una red internacional y cuenta con la cooperación de Rusia para este tipo de análisis. Para cumplir con su labor, los especialistas tienen un telescopio especial con el que realizan un escaneo permanente de una parte del cielo.

El trabajo de este centro se orienta, además, a la investigación científica y observación astronómica de estrellas, planetas y sus satélites, eclipses, cometas, asteroides, lluvias de meteoros, registro diario de la actividad solar y seguimiento de cuerpos cercanos a la Tierra.

Zalles explica que la visibilidad del cielo desde el Observatorio es amplia, "pero eso no quiere decir que podemos llevar a cabo observaciones de todo ese espacio disponible".

PREVISIÓN

Según Zalles, el acercamiento de un objeto celeste a la Tierra se puede prever dependiendo de las dimensiones del objeto mediante la observación astronómica.

El especialista añade que no se descarta que un objeto del espacio pueda caer en territorio boliviano, porque este tipo de fenómenos ocurren con frecuencia. Si éstos son pequeños se desintegran en la atmósfera y los de mayores dimensiones pueden llegar a caer en cualquier parte de la Tierra.

Zalles indica que el Observatorio no tiene registros de caídas, “pero con seguridad nuestro territorio ha soportado el choque de objetos provenientes del espacio, ya que se tienen cráteres en diferentes lugares y dimensiones variadas”.

En caso de ocurrir la caída de un meteorito u otro cuerpo del espacio, dependiendo de las dimensiones de este cuerpo espacial las consecuencias podrían ser que explote en el aire (como en Tunguska donde no dejó cráter pero sí muchos kilómetros arrasados) o que toque tierra (y la fuerza sea tal que la zona impactada descendería varios kilómetros en el interior de la tierra).

El meteorito al entrar en la atmósfera va tan deprisa que el aire que está delante no tiene tiempo para apartarse y se acaba comprimiendo.

Y en el aire al comprimirse se calienta. Si la roca se calienta hasta el punto de convertirse en gas instantáneamente antes de llegar al suelo se produce la mencionada explosión en el aire. En cualquier caso, el meteorito se acaba desintegrando y la energía de su velocidad es lo que produce la onda expansiva. “Como resultado tendríamos lo que ocurrió en Rusia recientemente, o más trágico todavía si el cuerpo sería mucho más grande”, apunta Zalles.

Si cayera al mar se tendría como consecuencia una enorme ola (tsunami) que arrasaría continentes enteros.
SORPRESA

Zalles señala que fue una sorpresa la caída del meteorito en Rusia, el 22 de febrero, mientras la comunidad astronómica internacional estaba pendiente del paso del Asteroide 2012 D14 cerca de la Tierra a una distancia de 27.000 kilómetros.

“Por la información que se tiene sobre este meteorito y tomando en cuenta sus dimensiones, con seguridad no se pudo observar con anticipación, esto debido a que no se cuenta con equipos apropiados para detectarlo por sus pequeñas dimensiones”, explica el experto.

Añade que tras la caída del meteorito en Rusia y las consecuencias que tuvo, es importante estar prevenidos y saber qué acciones tomar en estas situaciones si se presentara en Bolivia.
CIENCIA FICCIÓN

Respecto a la teoría de que un ovni desvió la trayectoria del meteorito caído en Rusia, Zalles señala que eso está descartado, “esto es ficción. No tiene nada que ver con la realidad, menos con la ciencia”.

Consultado sobre los métodos que preparan científicos para desviar meteoritos que tienen en su trayectoria a la Tierra, Zalles apunta que por el momento no se tiene nada concreto en caso de que el objeto estelar sea de grandes dimensiones.

Tan sólo existen algunas teorías para desviar su curso a la Tierra, como una detonación nuclear en las inmediaciones del meteorito con la finalidad de desviarlo. Al fallar esto podría fragmentarlo y produciría una lluvia de meteoritos radiactivos por todo el globo terrestre que sería fatal para la vida en la Tierra. Otro método que se estudia sería la interceptación con naves espaciales, con la finalidad de cambiar su rumbo.